Distribución del tiempo
Los ciclos deben cerrarse. Y es tan mágico como uno mismo se da cuenta que hay cosas que se han aprendido, etapas que se concluyen, momentos en los que uno sabe que algo en nuestro interior ha cambiado, a punta de madrazos la más de las veces, al menos ese es mi caso. Hace mucho no recordaba este poema, sinembargo, de unos días para acá, lo recuerdo con frecuencia, así que hoy decidí buscarlo, releerlo, pensarlo, rumiarlo... y he decidido compartirlo con ustedes, que pienso que para muchos de nosotros se están abriendo nuevas etapas, nuevas relaciones, nuevos roles, nuevas casas, nuevo algo, nuevo siempre, nuevo por nuevo, en fin, que ahí les va este poema maravilloso del no menos maravilloso Julio Cortázar:
Cada vez somos más lo que creemos menos
en tantas cosas que llenaron nuestras vidas,
los más altos, indiscutibles valores vía Platón o Goethe,
el verbo, su paloma sobre el arca de la historia,
la perviviencia de la obra, la filiación y la heredad.
No por eso caemos con el celo del neófito
en esa ciencia que ya pone sus robots en la luna;
en verdad, en verdad, nos es bastante indiferente,
y si el doctor Bernard transplanta un corazón
preferiríamos mil veces que la felicidad de cada cual
fuese el exacto, necesario reflejo de la vida
hasta que el corazón insustituible dijera dulcemente basta.
Cada vez somos más lo que creemos menos
en la utilización del humanismo
para el nirvana esterofónico
de mandarines y estetas.
Sin que esto signifique
que cuando hay un momento de respiro
no leamos a Rilke, a Verlaine o a Platón,
o escuchemos los claros clarines,
o miremos los trémulos ángeles
del Angélico.
Cada vez somos más lo que creemos menos
en tantas cosas que llenaron nuestras vidas,
los más altos, indiscutibles valores vía Platón o Goethe,
el verbo, su paloma sobre el arca de la historia,
la perviviencia de la obra, la filiación y la heredad.
No por eso caemos con el celo del neófito
en esa ciencia que ya pone sus robots en la luna;
en verdad, en verdad, nos es bastante indiferente,
y si el doctor Bernard transplanta un corazón
preferiríamos mil veces que la felicidad de cada cual
fuese el exacto, necesario reflejo de la vida
hasta que el corazón insustituible dijera dulcemente basta.
Cada vez somos más lo que creemos menos
en la utilización del humanismo
para el nirvana esterofónico
de mandarines y estetas.
Sin que esto signifique
que cuando hay un momento de respiro
no leamos a Rilke, a Verlaine o a Platón,
o escuchemos los claros clarines,
o miremos los trémulos ángeles
del Angélico.
Buen poema, dejame masticarlo un rato...
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